viernes, 11 de septiembre de 2009

La llamada



Ir al capitulo 1, El acantilado
Un ruido algo distorsionado sonaba al otro lado del teléfono e inmediatamente Marcos con una voz entrecortada dijo:
Mama, papa. Os quiero.
Su madre era la que había contestado al teléfono. Estaba un poco desorientada porque el sonido del teléfono le había despertado del placido sueño en el que estaba sumergida.

-Marcos?. Hola cariño, te sucede algo, amor?.
-Hola mama. No, estoy bien, solo os llamaba para deciros que os quiero mucho. Como casi nunca estamos juntos no os lo digo, y hoy me apetecía hacerlo.
-Nene, nosotros también te queremos y sabemos que nos quieres. A nosotros también nos gustaría verte más a menudo. Ya sabes que puedes venir a visitarnos cuando quieras. La puerta de esta casa siempre está abierta para ti.
-Lo sé, pero debido a este maldito trabajo no puedo ir. No paro con tanto viaje ya casi no tengo vida social, ni a amigos, ni a Lucía...........
-Hijo, recuerda que a pesar de todo, tu nunca estarás solo. Nosotros estamos contigo a cada minuto aunque no nos veas. La vida te lleva en ocasiones a situaciones difíciles y es entonces cuando más que nunca te tienes que apoyar en la gente que te quiere. Recuerda que aquí tendrás un lugar donde llorar tus penas, contar tus alegrías o pedir un consejo.
-Gracias, mama por tu ayuda. Te quiero, os quiero a los dos.
-De nada, nene. Intenta descansar un poco que mañana lo veras todo con distintos ojos. Un beso, hijo y cuidaté.

El cielo iba cambiando a una tonalidad más oscura y las luces de las farolas comenzaban a realizar su trabajo. Marcos apagó el teléfono y se lo guardo en su bolsillo. Estaba confuso porque realmente todo era confuso. Hace un par de horas solo se planteaba ir a su rincón a desconectar y ahora se estaba replanteando toda su vida. No le apetecía irse al hotel y se dispuso a caminar sin un rumbo fijo. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que ni se dio cuenta de que pasó varias veces por la Plaza Mayor. Tenía un dilema en su cabeza y no sabía que opción elegir.
To be continued.....on Monday



jueves, 10 de septiembre de 2009

El acantilado


Marcos llevaba más de un mes en la ciudad intentando cerrar unos acuerdos que serían muy provechosos para la compañía telefónica en la que trabajaba. Tenía tanta afición, o adicción, al trabajo que era uno de los pilares fundamentales dentro de su compañía. Había conseguido el éxito que tanto deseaba desde hacia tiempo sin embargo había perdido ya la motivación. Había sacrificado todo por conseguir un sueño que ya no le aportaba nada. Se sentía incomodo con la situación pero no le veía una salida sencilla.
En uno de los paseos que realizaba diariamente al atardecer, descubrió ese rincón de paz que toda ciudad posee. Era un acantilado situado al final de un parque donde se puede divisar la inmensidad del mar y se puede observar la puesta de sol en toda su intensidad. El acceso no era nada sencillo pero merecía la pena las vistas. Esos momentos, los únicos tranquilos del día, eran para sí mismo.
Marcos esperaba sentado pacientemente a que el sol desapareciera en el horizonte, cuando una frase, un pensamiento se instalo en su cabeza:
-Que fácil seria acabar con todos mis problemas si me dejara caer. Estoy solo, toda mi vida ha girado entorno a conseguir este trabajo que ahora me tiene atrapado.

Inmediatamente, visualizo su caída y como su cuerpo finalmente chocaba sobre las rocas que el mar golpeaba. Observo, mas tarde como una lancha motora se acercaba a las rocas y recogía su cuerpo ya convertido en cadáver.
-Y así se acabaría con mi sufrimiento. Fácil y eficaz.
Era muy sencillo terminar con todos sus males pero había algo que se lo impedía. Volvió a ver su cuerpo sobre las rocas y observo a sus padres, en lo alto del acantilado, llorando desconsoladamente y entonces lo comprendió.
-No puedo saltar porque no puedo hacer sufrir a la gente que quiero.
Entonces las lágrimas se le agolparon en los ojos hasta que empezaron a deslizarse por su cara y terminaron cayendo al fondo del acantilado. Sentía el sufrimiento de sus padres, un sufrimiento enorme en sus propias carnes. Entonces se levanto rápidamente, limpió sus lágrimas de los ojos y se alejo corriendo de su rincón, donde un pequeño movimiento separa la vida de la muerte. Cuando llegó al parque vio que su teléfono móvil había recuperado la cobertura y marco un número.


Continuara?

lunes, 7 de septiembre de 2009

Heridas del alma


Todos tenemos un ligero conocimiento de que cuando nuestro cuerpo se queja sabemos como combatir ese dolor. Siempre tendremos a mano el medicamento adecuado o acudir a la persona especializada en dicha dolencia. Incluso podemos conocer con una cierta exactitud el tiempo de recuperación que necesita el cuerpo.

Pero hay otro tipo de dolencias donde ya no es tan evidente como luchar contra ellas, me refiero a las heridas del interior. Heridas que no sangran, que no se inflaman pero que duelen mas que cualquier lesión que el cuerpo haya tenido antes. Y para este tipo de heridas no hay un diagnostico definido, ni un medicamento milagroso.

Desconocemos el tiempo necesario de recuperación y la magnitud del dolor porque el mismo dolor no afecta por igual a las personas. Nos encontramos perdidos y sin saber como afrontarlo, el tiempo pasa y el dolor remite muy lentamente, demasiado lento. Podemos envolverlo con momentos alegres pero que desgraciadamente se diluyen en muy poco tiempo. La única manera de recuperarse es eliminar de raíz todo lo maligno que no permite que la herida cicatrice. Hay que crear el medicamento definitivo para combatirlo, solo hay que tomar los ingredientes oportunos para erradicarlo definitivamente. Convicción personal, gente que te apoya y bonitas experiencias son una base del medicamento.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Viaje a Ítaca

Hago un homenaje a este poema porque hace exactamente un mes comencé mi propio viaje a Ítaca.

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.